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Arica Marka,
27 de Enero de 2014.
Ante la adversa coyuntura por la que hoy atraviesan
los pueblos de Chile y Perú, y principalmente los pobladores ariqueños y
tacneños de las respectivas zonas fronterizas, a propósito del fallo de la Corte Internacional de La Haya, y
los inminentes brotes emocionales de
chovinismo recalcitrante (patriotismo mal entendido) por los que en más de
alguna ocasión se ven expuestos los habitantes de los respectivos países, como Colectivo AYNI, formado por estudiantes
y egresados de la Universidad de Tarapacá provenientes de distintas partes del
país, pero principalmente del norte de Chile (y como organización que hoy
pretende conducir todas sus fuerzas para generar una plataforma multisectorial
desde la izquierda anti capitalista), creemos muy justo y necesario, en razón
de que se trata de un asunto que hoy atañe a un territorio que habitamos
–nuestro norte chileno-, redactar una declaración crítica y reflexiva acerca de
éste acontecer y de los caminos por los que nos han llevado las elites y las
clases dirigentes que gobiernan nuestro país, desde hace ya más de cien años en
esta región andina.
Ante la tónica revanchista con la que algunos
dirigentes se han planteado en nuestro país, y a decir de las emociones triunfalistas
y derrotistas que hoy transitan por Perú y por Chile, nos parece que, como
izquierda posicionada en estas áreas periféricas, es necesario establecer un
juicio político del acontecer histórico ocurrido en esta zona, a modo de
elucubrar, más allá de las ideologías patrióticas y nacionalistas (articuladas
desde arriba) provenientes de los respectivos Estados-Naciones chileno y
peruano, (aparatos de nuestras burguesías y clases dominantes locales en esta
parte del continente), una línea crítica orientativa, y por cierto, genuina en
razón de los sectores populares y clase trabajadora que conforman esta
frontera. Pretendemos exponer en las siguientes páginas una visión del
conflicto penetrando en nuestra historia regional republicana, particularmente
desde el momento en que comienzan las disparidades entre ambos países –es decir,
guerra y pos guerra del Pacífico,
vinculándonos principalmente al periodo del conflicto diplomático por Tacna y
Arica- para analizar, posteriormente, las contradicciones sociales existentes
en estos momentos en nuestras regiones, prestando mayor énfasis a los intereses
creados por el empresariado y la burguesía imperante en ambos países para con
nuestro territorio y sus recursos. Por consiguiente, nuestro fin último es, más
allá de las consignas patrióticas con las que hoy algunos rasgan vestiduras,
establecer una reflexión crítica respecto de nuestra rencilla histórica con la
república hermana del Perú, y particularmente con nuestros vecinos tacneños,
tomando partido por aquellos que el relato oficial de ambos países ha decidido
omitir y/o relegar a la siempre perversa laguna del olvido, es decir, hablar
desde los explotados y oprimidos de nuestra sociedad tacneña-ariqueña: los
sectores populares y el pueblo trabajador.
I
Hemos de partir analizando sintéticamente el
desarrollo histórico de lo que ha
significado nuestro quehacer como pueblos, en razón de todas las coyunturas y
escenarios ocurridos desde el siglo XIX (periodo de la Guerra del Pacífico y
comienzos de la hegemonización chilena
en éste territorio) en adelante (siglo XX y el conflicto diplomático por Tacna
y Arica; siglo XXI y el conflicto en La Haya), camino que nos llevará, si somos
capaces de de-construir los relatos oficiales gestados desde la mentalidad de
la elite dominante, al real asunto que aquí nos importa ocupar: revelar las
históricas relaciones de amistad y reciprocidad que han tenido en reiteradas
ocasiones nuestros pueblos (es decir, los sectores populares que constituyen
las sociedades ariqueña y tacneña) y la necesidad de las elites gobernantes por
dividir nuestra hermandad a modo de poder dominar el territorio (políticamente
hablando), sus recursos económicos (agua, valles, minerales, costa, etc.), y su
gente (ciudadanos maleables y, a su vez, fuerza de trabajo dócil y sumisa). En
este sentido, reiteramos, se vuelve una necesidad imperiosa partir por un
análisis sintético de lo que ha significado nuestra historia republicana
reciente, durante y después del conflicto bélico que hasta ahora nos mantiene
divididos.
Pues bien, siendo conocida la importancia que tuvo la
guerra del Pacífico en el espacio local ariqueño y tacneño, sobre todo por los
fenómenos que provocaron parte de sus consecuencias, las principales lecturas
que se han realizado a partir de este hecho bélico dicen relación con el rol
protagónico del patriotismo, de la heroicidad y la consiguiente glorificación
de los sujetos participes de la hecatombe, es decir: de los dirigentes que
guiaron el desarrollo de la contienda desde una posición privilegiada, y no de
aquellos individuos que formaron parte de una soldadesca relegada, hoy, a un
plano evidentemente marginal. En este sentido, contrariamente el actual
discurso nacional que emana desde el Estado chileno, el que se evidencia en las
actividades públicas destinadas a conmemorar los hechos de armas del pasado cada
tanto tiempo (en romerías, desfiles militares, efemérides republicanas, etc.)
enfocados en figuras de determinados sujetos históricos (en su mayoría hombres
provenientes de la oligarquía decimonónica), la historia social y regional
reciente ha discrepado respecto de las lecturas y énfasis de estos relatos
oficiales, y ha demostrado la existencia de múltiples contradicciones en cuanto
a las dinámicas sociales de aquel periodo.
Concretamente, la guerra del Pacífico atrajo consigo
la participación de un grueso número de la población chilena en estado de
cargar armas. Bajo el alero de “la patria amenazada” se enlistaron en el
Ejército, voluntaria o forzosamente, la más diversa gama de individuos, provenientes
de todos los estratos sociales de la población. Sin embargo, la mayor cantidad
de éstos pertenecía al campo popular: ya sea que proviniesen del mundo agrícola
(peones e inquilinos), del espacio urbano (artesanado) o de sectores ligados a
la producción minera (en el, por entonces, norte del país). Equipados con
armamento francés y belga, y formados para la disciplinada vida militar, fueron
paulatinamente instruidos en el desierto para que ante la más mínima expresión
de reclamos -por el rancho, por los sueldos o por el trato de la oficialidad-,
recobraran su temple obediente al servicio de la patria.
Una vez conseguida la victoria, los “rotos” -como se
les llamó a los hombres provenientes de los estratos más pobres de la sociedad
chilena, a modo de establecer una distancia entre la oficialidad oligárquica y
su tropa subordinada- pasaron a ser tras el triunfo, de personajes levantiscos,
creadores de desordenes, indeseables, etc., verdaderos ídolos populares. A su
retorno se les recibió con arcos triunfales, flores y aplausos. Sin embargo,
aquello terminaría siendo sólo un pequeño momento de gloria en sus vidas. El
reconocimiento simbólico no trajo consigo, en su mayoría, ninguna gratificación
económica para los ex combatientes. Por tal razón, muchos terminaron en la
indigencia, otros se volvieron delincuentes, cuatreros, o simplemente
sobreviviendo gracias a la caridad pública. El famoso “Pago de Chile” es la
expresión que, desde aquel entonces, mejor grafica dicho proceder de la clase
gobernante para con sus subordinados. Sólo inválidos y deudos percibirían una
pensión a partir de 1881, pero siempre equivalente a su grado militar, es
decir, a su condición de clase. En 1907 algunos afortunados obtendrían un bono
otorgado por una sola vez, y no fue sino hasta 1924 que se concretó una
legislación previsional que albergara a todos los ex combatientes, tiempo en
que la crisis de la llamada “cuestión social” ya no podía ser objetada.
En el caso particular del espacio fronterizo al que
nos referimos (Tacna, Arica y Tarapacá), las relaciones sociales entre
veteranos y las poblaciones peruanas y bolivianas tuvo diferentes dinámicas.
Fuera de las controversias diplomáticas y de las políticas ideológicas de
propaganda nacionalista gestadas desde los estados chileno y peruano, en el
espacio cotidiano, veteranos chilenos contrajeron matrimonio con sus pares
peruanas y bolivianas, siguiendo una constante que ya había ocurrido durante la
guerra misma. No ha de sorprendernos, por ejemplo, la residencia de ex combatientes
chilenos en el Perú, ni la entrega de pensiones en su calidad de viudas a
ciudadanas peruanas por parte de entidades públicas chilenas, ni los funerales
que realizaron veteranos chilenos a un par de ex combatientes peruanos en
Copiapó. En esa misma línea, tampoco he de extrañarnos la solidaridad con la
que actuaron algunos ex soldados para con sus hermanos de clase, los
trabajadores, durante aquel fatídico 21 de diciembre de 1907 en la Escuela
Santa María de Iquique, momento en que entregaron sus vidas no solo al lado de
chilenos, sino junto a peruanos y bolivianos en su lucha por la dignidad de los
sin derecho a nada, de los parias. A grandes rasgos, es evidente que las
relaciones sociales en el bajo pueblo pudieron trascender, en ciertas ocasiones,
la división impuestas por las ideologías nacionales provistas por la elite
dominante.
No obstante lo anterior, la maquinaria estatal
desplegada en el territorio pos-guerra ya dilucidaba el camino para satisfacer
sus intereses económicos en la región: ya sea que se tratase de posibilitar
lugares para la explotación minera, o para la producción agropecuaria, o de
potenciar las ventajas comparativas del puerto como punto estratégico, o
simplemente de establecer a Arica como frontera de resguarda de la potente producción
salitrera en Tarapacá. Lo cierto es que el Estado y las elite dominante
buscaron múltiples formas para mantener el territorio en su poder, afectando, y
era de esperarse, las relaciones propias de la sociedad ariqueña-tacneña y
capaz subalternas (fueran estos chilenos, peruanos, o incluso bolivianos). Los
conflictos sociales enmarcados en el discurso oficial nacionalista de los
respectivos países mermó buena parte del quehacer cotidiano de la población
local, tanto en los puertos y zonas urbanas como en los valles y pueblos del
interior, tanto en la población que habitaba Tacna, así como la residente en
Arica. La historia regional producida recientemente a dado cuenta de toda la
trama social sufrida por un conflicto que no era el nuestro, sino de las elites
de Santiago y Lima, por intereses que no eran los nuestros, sino, en muchos
casos, de capitales extranjeros residentes en Europa, y sus resultados, con
diferentes gradualidades, fueron tremendos para nuestra población: revueltas y
turbas populares en las localidades de hinterland (sierra, precordillera y
altiplanicie), mítines propagandistas ultra nacionalistas, formación de ligas
patrióticas y mazorqueros (organizaciones ultra nacionalistas) en el extremo
norte chileno, persecución a dirigentes y ciudadanos acusados de ser
pro-peruanos, comunidades indígenas desarticuladas por divisiones de tierra,
familias enteras separadas después de la
división del territorio, etc.
En términos políticos, la contienda diplomática por
Tacna y Arica no tuvo, además, una resolución genuinamente ciudadana. A decir
de las formulaciones hechas en el tratado de Ancón de 1883 que disponía a ambos
países para resolver la tutela del territorio mediante un plebiscito, lo cierto
es que ésta se resolvió sin ningún ápice democrático, es decir, sin ninguna fórmula de expresión
ciudadana, y la soberanía de los territorios en disputa finalmente se definió
en Santiago y en Lima, bajo la mirada vigilante del arbitraje estadounidense.
En este sentido, por lo menos en lo que respecta al proceso de hegemonización
chilena del territorio, durante el periodo que duro la disputa diplomática por
Tacna y Arica, casi cincuenta años aproximadamente, la elite dominante no
expresó en términos institucionales ninguna voluntad por generar espacios
democráticos entre la ciudadanía. Más allá de las dinámicas existentes en los
pueblos del interior (lugares a los que muchas veces la presencia de
representantes del Estado se hacía bastante esporádica) en los que la voluntad
popular se podía canalizar mediante juntas vecinales, o más allá de la
formación de diferentes sociedades benéficas existentes en aquel entonces
(algunas con claros tintes nacionalistas, otras con intereses mucho más
filántropos), lo cierto es que durante el proceso que duró la disputa
diplomática por el territorio la ciudadanía no pudo decidir el futuro de la
misma (es decir: resolver la conveniencia de adscribirse al territorio chileno
o peruano) y mucho menos expresar su sentir soberano para escoger a autoridad
alguna para representarse a sí misma (salvo raras excepciones), por lo que en
su mayoría las autoridades en sus diferentes facetas fueron escogidas a dedo, bajo
el cálculo de la elite dominante. El Arica de finales del siglo XIX y
principios del siglo XX comenzaba así a desarrollar su historia social y
política sin democracia, sin ejercicios auto convocantes de soberanía, y
subordinada al interés de la clase dominante en Santiago (y sus representantes
locales en la región, en su mayoría autoridades institucionales) y sus disparidades
con la elite limeña. Concluido el conflicto, y sin importar nuestra larga
tradición de convivencia económica, social y cultural, las elites dominantes de
ambos países, al amparo del Tratado de Lima de 1929, simplemente dividieron el
territorio en dos, y consigo la historia de dos pueblos con una misma identidad
regional. No importó familia alguna, sujeto, hombre o mujer que contraviniera
aquello: el devenir ya se había escrito con la pluma y tinta de los poderosos.
II
Casi ochenta años después, aproximadamente, de
resuelto el conflicto territorial, hoy la disparidad entre países, canalizada a
partir de la judicialización del conflicto limítrofe marítimo (el triángulo
exterior) en la Corte Internacional de La Haya, vuelve a enaltecer los ánimos
entre los habitantes de los respectivos países, con relatos más o menos
acomodados según los intereses particulares de las respectivas elites de Perú y
Chile. Fuera de cuestiones como la defensa del territorio (o del mar) por el
que murieron nuestros valientes soldados en la gesta heroica, u otras
abstracciones románticas promovidas a partir de los discursos nacionalistas y
chovinistas, lo que aquí realmente está en juego es el asunto de los recursos
naturales, y su traducción a mercancías extractivas rentables.
Respecto al asunto marítimo hoy latente, una vez
finalizado el conflicto diplomático por Tacna y Arica, las elites dominantes,
mucho más preocupadas de la soberanía territorial (sobre todo en lo que atañe a
los recursos del suelo y subsuelo: minerales, recurso hídrico, etc.), olvidaron
resolver el asunto de la frontera marítima, algo que por aquel entonces no
tenía mayor importancia (salvo en lo que respecta a la salida al mar para
Bolivia, cuestión que desde luego, tampoco se resolvió). No obstante eso, ya a
la segunda mitad del siglo XX y a principios del siglo XXI los recursos
marítimos codiciados, sobre todo por la gran industria pesquera, volvieron a
salir a la palestra como asunto de soberanía nacional.
Una descripción geográfica general del sector
occidental sudamericano sugiere que específicamente en las costas chilenas,
peruanas, y una pequeña parte de las costas ecuatorianas se benefician de la
gran variedad ictiológica que entrega la corriente fría de Humboldt bajo el
denominado proceso de surgencias, el
cual posibilita la proliferación de una
gran biodiversidad marina. Gracias a la disponibilidad de estos recursos, los Estados,
tanto el chileno como el peruano, han impulsado políticas que en el tiempo
provocaron cambios radicales en el paisaje productivo del litoral que
compartimos. Bajo la tesis del mar patrimonial, los estados han expandido su
jurisdicción territorial marítima buscando la apropiación de los recursos del
mar, del suelo y subsuelo. Estas intenciones comenzaron a tomar mayor peso y
relevancia con la formación de la Comisión Permanente sobre Explotación y
Conservación de las Riquezas Marítimas del Pacifico Sur, iniciada el año 1952,
al cual se adscribieron Chile, Perú y Ecuador. La consolidación de una
industria pesquera, tanto en el norte de Chile como en el sur peruano,
paulatinamente fue desplazando antiguos modos de extracción artesanal,
remplazándolos por otros modos más
agresivos e irracionales, afectando de este modo al bioma marino, el cual a los
años no tardó en traer consecuencias negativas para el medio natural, y como perjuicio
final, los grandes afectados terminaron siendo los pescadores artesanales de
ambos países. Los discursos desarrollistas esgrimidos desde los anhelos de las
clases dominantes, promovieron la extracción de grandes volúmenes de recursos
marinos, siendo esta política, hoy en día, la principal culpable de la
degradación ambiental que se manifiestan tanto en el litoral de Chile como en el
de Perú.
Pero la disputa por los recursos del mar de esta región
es sólo una parte del extraño umbral por el que los dueños de ambos países nos
quieren encausar mediante la lógica del conflicto (o relación amigo/enemigo).
Como ya hemos dicho, el mar, el suelo y subsuelo también son aéreas relevantes
para las economías nacionales, dado los recursos que en éstas se encuentran,
recursos que, convertidos en mercancía, ensanchan la bolsa acumulativa de
capital de las familias más poderosas de Santiago y de Lima.
En lo referido a los recursos del suelo y subsuelo, actualmente
comunidades indígenas, campesinos, sindicatos, organizaciones ciudadanas, etc.,
han desplegado una importante lucha de oposición y denuncia respecto de las
actividades de la gran industria minera, tanto en Chile como en Perú, dada las
nocivas consecuencias ambientales que esta provoca, pero principalmente por el
excesivo consumo de grandes volúmenes de agua que se utilizan para dicha
actividad, hecho que finalmente termina
generando una alta presión y demanda sobre nuestro propio ecosistema. La Cordillera
de los Andes, como casi todas las montañas del mundo, cumplen una función
importante actuando como gran reservorios de agua dulce para la población y la
agricultura, pero para los grupos de interés residentes en ambos países, muchos
promovidos por capitales extranjeros venidos desde el primer mundo, ésta es
también un área poseedora de grandes recursos mineros que “deben” ser
explotados. Las políticas emprendidas durante la dictadura militar chilena, por
ejemplo, se caracterizaron por construir una legislación a la medida de los
intereses de los grandes empresarios y transnacionales, las cuales continuaron
siendo fortalecidas en los posteriores gobiernos de la Concertación (hoy Nueva
Mayoría), consolidándose de esta manera
la integración de la economía nacional al mercado global, teniendo como
principal protagonista la exportación de grandes recursos mineros. Es en este
contexto que, desde hace ya un tiempo, se vienen
impulsando en nuestra región este tipo de actividades extractivas como uno de los ejes primordiales en materia
de desarrollo regional, la cual no ha estado exenta de críticas por parte de
la población local.
A decir de lo anterior, los conflictos
socio-ambientales ligados a la actividad minera que se han desarrollado en
Arica y Parinacota son variados, pero dentro de los más representativos, y por
cierto, repudiados, podemos encontrar: Proyecto minero Los Pumas (minera
Hemisferio Sur. S .C. M) ubicado a 15
kilómetros del poblado de Putre y a 200 metros del río LLuta; Proyecto minero
Catanave (Southern Coppen Corporation) ubicado en el Parque Nacional Lauca;
Minera Olga en Chapiquiña; Acopios de polimetales en la ciudad de Arica y Copaquilla; BHP Billinton en Codpa; Entre
otras. En este mismo sentido, el sur peruano es uno de los territorios más golpeados por la actividad minera, la
cual ha despertado una serie de conflictos entre comuneros y organizaciones
campesinas en contra de las compañías, muchas de ellas transnacionales. Solo en
Tacna podemos encontrar: Proyecto Pucamarka (de la empresa Minsur); Proyecto
Quellaveco (de Anglo American); Proyectos Toquepala y Candarave (ambos de la
Southern Coppen Corporation); entre otros más. La inversión de empresas como
Anglo American y Souther Copper Corporation en el sur peruano ha sido tan
grande que ambas ya han gestionado diversas faenas en ejecución hoy dispersas
por Tacna, Moquegua, Puno y Arequipa. Según el informe especial sobre
operaciones de Sourthern Copper Corporation en el sur peruano, elaborado por el
Observatorio de las Empresas Transnacionales (OET) en el 2008, la compañía
minera sería actualmente la principal gestora del deterioro natural de esta
zona, ya que ha ejercido una gran presión sobre los recursos hídricos de las
cuencas del Locumba, Moquegua, Sama y Caplina. Esta compañía, además,
sería responsable de la disminución en
las napas freáticas de la zona de Titijiones, Huaitire y Gentilar, de la
contaminación por metales pesados en la bahía de Ite, además del deterioro de
la calidad del aire por la emisión de gases sulfurosos que emite su refinería
en Ilo, resultando un grave costo para la salud de los habitantes del vecino
país. En el caso específico de Tacna, el conflicto ha tomado tales proporciones
que algunos pobladores han denominado a la provincia de Candarave el epicentro
de la desertificación, haciéndose en este sector la convivencia con la
actividad minera prácticamente imposible.
Como vemos, las trasnacionales, aliadas con los grupos
de interés de nuestros respectivos países, han buscado sistemáticamente la forma
de dominar el territorio, conforme estos sean lugares prácticos para las
actividades extractivas que estos ejercen. Como antaño, la minería, los
recursos hídricos, los puertos y el mar siguen siendo factores económicos
importantes dentro de las dinámicas productivas, tanto en el presente como en
el futuro. No obstante, como hace cien años atrás, los ejes estratégicos para
todas estas formas de producción, nunca han sido consultados a la ciudadanía,
nunca han sido, ni en Arica ni en Tacna, asimilados dentro de un proceso
democrático y participativo, y por consiguiente, las decisiones han seguido
tomándose desde Santiago y desde Lima. Ariqueños y tacneños nunca hemos podido
decidir el futuro político y económico de nuestras localidades, de nuestros
territorios, de nuestra región fronteriza.
III
El conflicto limítrofe marítimo entre Chile y Perú en
La Haya hoy ha hecho visible, por lo menos mediáticamente hablando, la realidad
de las regiones de Arica y Tacna, ciudades que más allá de las rencillas históricas
heredadas desde el tiempo de la guerra del Pacífico, han sabido convivir con
hermandad y genuina amistad, pese a todo el acontecer belicoso que, como hoy,
tantas veces reaparece en las cabezas de los chovinistas y patriotas de cartón.
Sin embargo, la praxis soberana en este territorio, por lo menos en lo que
respecta al área marítima, tampoco ha sido ejercida por nosotros en términos de
ocupación y pertenencia. Pese a todos los lugares comunes por los que hoy
divagan los agitadores patrioteros, lo cierto es que buena parte del área en
disputa no pertenece a los chilenos, mucho menos a los ariqueños, sino al grupo
Angelini, una de las familias más poderosa de nuestro país. El triángulo
marítimo que hoy se disputa representa un treinta por ciento de los negocios de
Corpesca, empresa del mismo grupo económico, razón por la cual la familia
Angelini ha asesorado a la Cancillería chilena, aportando datos para la defensa
de sus millonarios intereses. Ni siquiera los pescadores artesanales del puerto
de Arica, quienes probablemente son los reales afectados y los más perjudicados
por el conflicto, han sido tan considerados por los gobiernos de turno como lo
ha sido el grupo Angelini. Esto demuestra que, más allá de la poesía romántica
que se esgrime desde los idearios patrios y nacionalistas, elemento muy
enraizado en la mentalidad dominante, la realidad concreta no entiende de
diferencias identitarias ni mucho menos de banderas nacionales; solo reconoce
el poder del dinero, y obviamente, de quien lo posee. Las relaciones
identitarias que se articulan estructuralmente desde arriba, es decir, los
nacionalismos oficiales, solo logran impregnar el contenido del bajo pueblo si
es que primeramente lo mantiene divido.
Tacna y Arica han sido divididas históricamente por
Santiago y Lima, y en este sentido tal división a sido útil a los intereses de
la elite, la aristocracia y la burguesía nacional. La sociedad ariqueña
compuesta por trabajadores, campesinos, agricultores, migrantes de la
altiplanicie, del sur de Chile, del sur peruano, afrodecendientes, familias
aymaras, etc., somos un solo pueblo que ha aprendido a convivir mediante el
respeto y la solidaridad entre unos y otro. Bajo esta lógica es importante
recalcar que los principales enemigos de nuestro pueblo no son los peruanos, ni
los bolivianos, ni los santiaguinos, etc., sino todos aquellos que hoy se
benefician de las dinámicas de la explotación que ha perpetuado las condiciones
de desigualdad en la que hoy se encuentra nuestros compatriotas, nuestros
vecinos, nuestro pueblo ariqueño. Los que han perpetuado este modelo de
injusticia, tanto en Santiago como en Arica, los que han avalado las lógicas de
este modelo capitalista barbárico que nos mantiene en condiciones miserables,
los que han legislado y defendido este modelo neoliberal y sus consecuencias
(privatización de la salud, de la educación, de la vivienda, de los servicios
básicos, saqueo de nuestros recursos naturales, etc.), ellos son los reales
enemigos de nuestra gente, ellos son los reales enemigos del pueblo.
Como Colectivo Ayni queremos concluir diciendo que es
necesario recuperar, mantener y fortalecer nuestros lazos de hermandad entre
ariqueños y tacneños, así como con todos los sectores pertenecientes al mundo
popular, al mundo de los dominados, tradición que hoy día se vuelve nuestra
real fortaleza ante la vorágine de la explotación irracional que yace latente
bajo sombra de este modelo económico imperante. Solo así podremos asumir la
construcción de un mejor futuro. Solo así podremos, el día de mañana, recuperar
la soberanía que hoy no tenemos (arrebatada durante la dictadura militar hasta hoy en día), la
soberanía de nuestro territorio, de nuestros recursos, de nuestra gente. Cuando
Arica se empodere y rompa su posición periférica (pensamiento situado desde la
sumisión), el futuro será hermoso para todos nosotros. Cuando Arica y Tacna
rompan el cerco comunicacional de los poderosos que hoy bombardean, con
mensajes chovinistas, la mente de nuestra gente y se atrevan a recuperar su
dignidad, es decir, su amor propio, solo entonces el futuro verdaderamente será
de nosotros, del pueblo trabajador.
¡Viva la
hermandad entre Chile y Perú! ¡Viva la unidad latinoamericana!
¡Arriba los
pueblos de Tacna y Arica! ¡Arriba l@s que luchan!

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