lunes, 3 de febrero de 2014

Colectivo AYNI: Sobre el conflicto chileno-peruano en La Haya. Una lectura crítica desde la izquierda local.


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Arica Marka, 27 de Enero de 2014.


Ante la adversa coyuntura por la que hoy atraviesan los pueblos de Chile y Perú, y principalmente los pobladores ariqueños y tacneños de las respectivas zonas fronterizas, a propósito del  fallo de la Corte Internacional de La Haya, y los inminentes brotes emocionales  de chovinismo recalcitrante (patriotismo mal entendido) por los que en más de alguna ocasión se ven expuestos los habitantes de los respectivos países, como Colectivo AYNI, formado por estudiantes y egresados de la Universidad de Tarapacá provenientes de distintas partes del país, pero principalmente del norte de Chile (y como organización que hoy pretende conducir todas sus fuerzas para generar una plataforma multisectorial desde la izquierda anti capitalista), creemos muy justo y necesario, en razón de que se trata de un asunto que hoy atañe a un territorio que habitamos –nuestro norte chileno-, redactar una declaración crítica y reflexiva acerca de éste acontecer y de los caminos por los que nos han llevado las elites y las clases dirigentes que gobiernan nuestro país, desde hace ya más de cien años en esta región andina.

Ante la tónica revanchista con la que algunos dirigentes se han planteado en nuestro país, y a decir de las emociones triunfalistas y derrotistas que hoy transitan por Perú y por Chile, nos parece que, como izquierda posicionada en estas áreas periféricas, es necesario establecer un juicio político del acontecer histórico ocurrido en esta zona, a modo de elucubrar, más allá de las ideologías patrióticas y nacionalistas (articuladas desde arriba) provenientes de los respectivos Estados-Naciones chileno y peruano, (aparatos de nuestras burguesías y clases dominantes locales en esta parte del continente), una línea crítica orientativa, y por cierto, genuina en razón de los sectores populares y clase trabajadora que conforman esta frontera. Pretendemos exponer en las siguientes páginas una visión del conflicto penetrando en nuestra historia regional republicana, particularmente desde el momento en que comienzan las disparidades entre ambos países –es decir, guerra y pos guerra  del Pacífico, vinculándonos principalmente al periodo del conflicto diplomático por Tacna y Arica- para analizar, posteriormente, las contradicciones sociales existentes en estos momentos en nuestras regiones, prestando mayor énfasis a los intereses creados por el empresariado y la burguesía imperante en ambos países para con nuestro territorio y sus recursos. Por consiguiente, nuestro fin último es, más allá de las consignas patrióticas con las que hoy algunos rasgan vestiduras, establecer una reflexión crítica respecto de nuestra rencilla histórica con la república hermana del Perú, y particularmente con nuestros vecinos tacneños, tomando partido por aquellos que el relato oficial de ambos países ha decidido omitir y/o relegar a la siempre perversa laguna del olvido, es decir, hablar desde los explotados y oprimidos de nuestra sociedad tacneña-ariqueña: los sectores populares y el pueblo trabajador.


I

Hemos de partir analizando sintéticamente el desarrollo histórico  de lo que ha significado nuestro quehacer como pueblos, en razón de todas las coyunturas y escenarios ocurridos desde el siglo XIX (periodo de la Guerra del Pacífico y comienzos de la hegemonización  chilena en éste territorio) en adelante (siglo XX y el conflicto diplomático por Tacna y Arica; siglo XXI y el conflicto en La Haya), camino que nos llevará, si somos capaces de de-construir los relatos oficiales gestados desde la mentalidad de la elite dominante, al real asunto que aquí nos importa ocupar: revelar las históricas relaciones de amistad y reciprocidad que han tenido en reiteradas ocasiones nuestros pueblos (es decir, los sectores populares que constituyen las sociedades ariqueña y tacneña) y la necesidad de las elites gobernantes por dividir nuestra hermandad a modo de poder dominar el territorio (políticamente hablando), sus recursos económicos (agua, valles, minerales, costa, etc.), y su gente (ciudadanos maleables y, a su vez, fuerza de trabajo dócil y sumisa). En este sentido, reiteramos, se vuelve una necesidad imperiosa partir por un análisis sintético de lo que ha significado nuestra historia republicana reciente, durante y después del conflicto bélico que hasta ahora nos mantiene divididos.

Pues bien, siendo conocida la importancia que tuvo la guerra del Pacífico en el espacio local ariqueño y tacneño, sobre todo por los fenómenos que provocaron parte de sus consecuencias, las principales lecturas que se han realizado a partir de este hecho bélico dicen relación con el rol protagónico del patriotismo, de la heroicidad y la consiguiente glorificación de los sujetos participes de la hecatombe, es decir: de los dirigentes que guiaron el desarrollo de la contienda desde una posición privilegiada, y no de aquellos individuos que formaron parte de una soldadesca relegada, hoy, a un plano evidentemente marginal. En este sentido, contrariamente el actual discurso nacional que emana desde el Estado chileno, el que se evidencia en las actividades públicas destinadas a conmemorar los hechos de armas del pasado cada tanto tiempo (en romerías, desfiles militares, efemérides republicanas, etc.) enfocados en figuras de determinados sujetos históricos (en su mayoría hombres provenientes de la oligarquía decimonónica), la historia social y regional reciente ha discrepado respecto de las lecturas y énfasis de estos relatos oficiales, y ha demostrado la existencia de múltiples contradicciones en cuanto a las dinámicas sociales de aquel periodo.

Concretamente, la guerra del Pacífico atrajo consigo la participación de un grueso número de la población chilena en estado de cargar armas. Bajo el alero de “la patria amenazada” se enlistaron en el Ejército, voluntaria o forzosamente, la más diversa gama de individuos, provenientes de todos los estratos sociales de la población. Sin embargo, la mayor cantidad de éstos pertenecía al campo popular: ya sea que proviniesen del mundo agrícola (peones e inquilinos), del espacio urbano (artesanado) o de sectores ligados a la producción minera (en el, por entonces, norte del país). Equipados con armamento francés y belga, y formados para la disciplinada vida militar, fueron paulatinamente instruidos en el desierto para que ante la más mínima expresión de reclamos -por el rancho, por los sueldos o por el trato de la oficialidad-, recobraran su temple obediente al servicio de la patria. 

Una vez conseguida la victoria, los “rotos” -como se les llamó a los hombres provenientes de los estratos más pobres de la sociedad chilena, a modo de establecer una distancia entre la oficialidad oligárquica y su tropa subordinada- pasaron a ser tras el triunfo, de personajes levantiscos, creadores de desordenes, indeseables, etc., verdaderos ídolos populares. A su retorno se les recibió con arcos triunfales, flores y aplausos. Sin embargo, aquello terminaría siendo sólo un pequeño momento de gloria en sus vidas. El reconocimiento simbólico no trajo consigo, en su mayoría, ninguna gratificación económica para los ex combatientes. Por tal razón, muchos terminaron en la indigencia, otros se volvieron delincuentes, cuatreros, o simplemente sobreviviendo gracias a la caridad pública. El famoso “Pago de Chile” es la expresión que, desde aquel entonces, mejor grafica dicho proceder de la clase gobernante para con sus subordinados. Sólo inválidos y deudos percibirían una pensión a partir de 1881, pero siempre equivalente a su grado militar, es decir, a su condición de clase. En 1907 algunos afortunados obtendrían un bono otorgado por una sola vez, y no fue sino hasta 1924 que se concretó una legislación previsional que albergara a todos los ex combatientes, tiempo en que la crisis de la llamada “cuestión social” ya no podía ser objetada.

En el caso particular del espacio fronterizo al que nos referimos (Tacna, Arica y Tarapacá), las relaciones sociales entre veteranos y las poblaciones peruanas y bolivianas tuvo diferentes dinámicas. Fuera de las controversias diplomáticas y de las políticas ideológicas de propaganda nacionalista gestadas desde los estados chileno y peruano, en el espacio cotidiano, veteranos chilenos contrajeron matrimonio con sus pares peruanas y bolivianas, siguiendo una constante que ya había ocurrido durante la guerra misma. No ha de sorprendernos, por ejemplo, la residencia de ex combatientes chilenos en el Perú, ni la entrega de pensiones en su calidad de viudas a ciudadanas peruanas por parte de entidades públicas chilenas, ni los funerales que realizaron veteranos chilenos a un par de ex combatientes peruanos en Copiapó. En esa misma línea, tampoco he de extrañarnos la solidaridad con la que actuaron algunos ex soldados para con sus hermanos de clase, los trabajadores, durante aquel fatídico 21 de diciembre de 1907 en la Escuela Santa María de Iquique, momento en que entregaron sus vidas no solo al lado de chilenos, sino junto a peruanos y bolivianos en su lucha por la dignidad de los sin derecho a nada, de los parias. A grandes rasgos, es evidente que las relaciones sociales en el bajo pueblo pudieron trascender, en ciertas ocasiones, la división impuestas por las ideologías nacionales provistas por la elite dominante.

No obstante lo anterior, la maquinaria estatal desplegada en el territorio pos-guerra ya dilucidaba el camino para satisfacer sus intereses económicos en la región: ya sea que se tratase de posibilitar lugares para la explotación minera, o para la producción agropecuaria, o de potenciar las ventajas comparativas del puerto como punto estratégico, o simplemente de establecer a Arica como frontera de resguarda de la potente producción salitrera en Tarapacá. Lo cierto es que el Estado y las elite dominante buscaron múltiples formas para mantener el territorio en su poder, afectando, y era de esperarse, las relaciones propias de la sociedad ariqueña-tacneña y capaz subalternas (fueran estos chilenos, peruanos, o incluso bolivianos). Los conflictos sociales enmarcados en el discurso oficial nacionalista de los respectivos países mermó buena parte del quehacer cotidiano de la población local, tanto en los puertos y zonas urbanas como en los valles y pueblos del interior, tanto en la población que habitaba Tacna, así como la residente en Arica. La historia regional producida recientemente a dado cuenta de toda la trama social sufrida por un conflicto que no era el nuestro, sino de las elites de Santiago y Lima, por intereses que no eran los nuestros, sino, en muchos casos, de capitales extranjeros residentes en Europa, y sus resultados, con diferentes gradualidades, fueron tremendos para nuestra población: revueltas y turbas populares en las localidades de hinterland (sierra, precordillera y altiplanicie), mítines propagandistas ultra nacionalistas, formación de ligas patrióticas y mazorqueros (organizaciones ultra nacionalistas) en el extremo norte chileno, persecución a dirigentes y ciudadanos acusados de ser pro-peruanos, comunidades indígenas desarticuladas por divisiones de tierra, familias enteras separadas después  de la división del territorio, etc.

En términos políticos, la contienda diplomática por Tacna y Arica no tuvo, además, una resolución genuinamente ciudadana. A decir de las formulaciones hechas en el tratado de Ancón de 1883 que disponía a ambos países para resolver la tutela del territorio mediante un plebiscito, lo cierto es que ésta se resolvió sin ningún ápice democrático, es  decir, sin ninguna fórmula de expresión ciudadana, y la soberanía de los territorios en disputa finalmente se definió en Santiago y en Lima, bajo la mirada vigilante del arbitraje estadounidense. En este sentido, por lo menos en lo que respecta al proceso de hegemonización chilena del territorio, durante el periodo que duro la disputa diplomática por Tacna y Arica, casi cincuenta años aproximadamente, la elite dominante no expresó en términos institucionales ninguna voluntad por generar espacios democráticos entre la ciudadanía. Más allá de las dinámicas existentes en los pueblos del interior (lugares a los que muchas veces la presencia de representantes del Estado se hacía bastante esporádica) en los que la voluntad popular se podía canalizar mediante juntas vecinales, o más allá de la formación de diferentes sociedades benéficas existentes en aquel entonces (algunas con claros tintes nacionalistas, otras con intereses mucho más filántropos), lo cierto es que durante el proceso que duró la disputa diplomática por el territorio la ciudadanía no pudo decidir el futuro de la misma (es decir: resolver la conveniencia de adscribirse al territorio chileno o peruano) y mucho menos expresar su sentir soberano para escoger a autoridad alguna para representarse a sí misma (salvo raras excepciones), por lo que en su mayoría las autoridades en sus diferentes facetas fueron escogidas a dedo, bajo el cálculo de la elite dominante. El Arica de finales del siglo XIX y principios del siglo XX comenzaba así a desarrollar su historia social y política sin democracia, sin ejercicios auto convocantes de soberanía, y subordinada al interés de la clase dominante en Santiago (y sus representantes locales en la región, en su mayoría autoridades institucionales) y sus disparidades con la elite limeña. Concluido el conflicto, y sin importar nuestra larga tradición de convivencia económica, social y cultural, las elites dominantes de ambos países, al amparo del Tratado de Lima de 1929, simplemente dividieron el territorio en dos, y consigo la historia de dos pueblos con una misma identidad regional. No importó familia alguna, sujeto, hombre o mujer que contraviniera aquello: el devenir ya se había escrito con la pluma y tinta de los poderosos.


II

Casi ochenta años después, aproximadamente, de resuelto el conflicto territorial, hoy la disparidad entre países, canalizada a partir de la judicialización del conflicto limítrofe marítimo (el triángulo exterior) en la Corte Internacional de La Haya, vuelve a enaltecer los ánimos entre los habitantes de los respectivos países, con relatos más o menos acomodados según los intereses particulares de las respectivas elites de Perú y Chile. Fuera de cuestiones como la defensa del territorio (o del mar) por el que murieron nuestros valientes soldados en la gesta heroica, u otras abstracciones románticas promovidas a partir de los discursos nacionalistas y chovinistas, lo que aquí realmente está en juego es el asunto de los recursos naturales, y su traducción a mercancías extractivas rentables.

Respecto al asunto marítimo hoy latente, una vez finalizado el conflicto diplomático por Tacna y Arica, las elites dominantes, mucho más preocupadas de la soberanía territorial (sobre todo en lo que atañe a los recursos del suelo y subsuelo: minerales, recurso hídrico, etc.), olvidaron resolver el asunto de la frontera marítima, algo que por aquel entonces no tenía mayor importancia (salvo en lo que respecta a la salida al mar para Bolivia, cuestión que desde luego, tampoco se resolvió). No obstante eso, ya a la segunda mitad del siglo XX y a principios del siglo XXI los recursos marítimos codiciados, sobre todo por la gran industria pesquera, volvieron a salir a la palestra como asunto de soberanía nacional.

Una descripción geográfica general del sector occidental sudamericano sugiere que específicamente en las costas chilenas, peruanas, y una pequeña parte de las costas ecuatorianas se benefician de la gran variedad ictiológica que entrega la corriente fría de Humboldt bajo el denominado  proceso de surgencias, el cual   posibilita la proliferación de una gran biodiversidad marina. Gracias a la disponibilidad de estos recursos, los Estados, tanto el chileno como el peruano, han impulsado políticas que en el tiempo provocaron cambios radicales en el paisaje productivo del litoral que compartimos. Bajo la tesis del mar patrimonial, los estados han expandido su jurisdicción territorial marítima buscando la apropiación de los recursos del mar, del suelo y subsuelo. Estas intenciones comenzaron a tomar mayor peso y relevancia con la formación de la Comisión Permanente sobre Explotación y Conservación de las Riquezas Marítimas del Pacifico Sur, iniciada el año 1952, al cual se adscribieron Chile, Perú y Ecuador. La consolidación de una industria pesquera, tanto en el norte de Chile como en el sur peruano, paulatinamente fue desplazando antiguos modos de extracción artesanal, remplazándolos por otros modos  más agresivos e irracionales, afectando de este modo al bioma marino, el cual a los años no tardó en traer consecuencias negativas para el medio natural, y como perjuicio final, los grandes afectados terminaron siendo los pescadores artesanales de ambos países. Los discursos desarrollistas esgrimidos desde los anhelos de las clases dominantes, promovieron la extracción de grandes volúmenes de recursos marinos, siendo esta política, hoy en día, la principal culpable de la degradación ambiental que se manifiestan tanto en el litoral de Chile como en el de Perú.

Pero la disputa por los recursos del mar de esta región es sólo una parte del extraño umbral por el que los dueños de ambos países nos quieren encausar mediante la lógica del conflicto (o relación amigo/enemigo). Como ya hemos dicho, el mar, el suelo y subsuelo también son aéreas relevantes para las economías nacionales, dado los recursos que en éstas se encuentran, recursos que, convertidos en mercancía, ensanchan la bolsa acumulativa de capital de las familias más poderosas de Santiago y de Lima.

En lo referido a los recursos del suelo y subsuelo, actualmente comunidades indígenas, campesinos, sindicatos, organizaciones ciudadanas, etc., han desplegado una importante lucha de oposición y denuncia respecto de las actividades de la gran industria minera, tanto en Chile como en Perú, dada las nocivas consecuencias ambientales que esta provoca, pero principalmente por el excesivo consumo de grandes volúmenes de agua que se utilizan para dicha actividad, hecho  que finalmente termina generando una alta presión y demanda sobre nuestro propio ecosistema. La Cordillera de los Andes, como casi todas las montañas del mundo, cumplen una función importante actuando como gran reservorios de agua dulce para la población y la agricultura, pero para los grupos de interés residentes en ambos países, muchos promovidos por capitales extranjeros venidos desde el primer mundo, ésta es también un área poseedora de grandes recursos mineros que “deben” ser explotados. Las políticas emprendidas durante la dictadura militar chilena, por ejemplo, se caracterizaron por construir una legislación a la medida de los intereses de los grandes empresarios y transnacionales, las cuales continuaron siendo fortalecidas en los posteriores gobiernos de la Concertación (hoy Nueva Mayoría), consolidándose  de esta manera la integración de la economía nacional al mercado global, teniendo como principal protagonista la exportación de grandes recursos mineros. Es en este contexto que, desde hace ya  un tiempo,  se vienen  impulsando en nuestra región este tipo de actividades extractivas  como uno de los ejes primordiales en materia de desarrollo regional, la cual no ha estado exenta de críticas por parte de la  población local.

A decir de lo anterior, los conflictos socio-ambientales ligados a la actividad minera que se han desarrollado en Arica y Parinacota son variados, pero dentro de los más representativos, y por cierto, repudiados, podemos encontrar: Proyecto minero Los Pumas (minera Hemisferio Sur.   S .C. M) ubicado a 15 kilómetros del poblado de Putre y a 200 metros del río LLuta; Proyecto minero Catanave (Southern Coppen Corporation) ubicado en el Parque Nacional Lauca; Minera Olga en Chapiquiña; Acopios de polimetales en la ciudad de Arica y  Copaquilla; BHP Billinton en Codpa; Entre otras. En este mismo sentido, el sur peruano es uno de los territorios  más golpeados por la actividad minera, la cual ha despertado una serie de conflictos entre comuneros y organizaciones campesinas en contra de las compañías, muchas de ellas transnacionales. Solo en Tacna podemos encontrar: Proyecto Pucamarka (de la empresa Minsur); Proyecto Quellaveco (de Anglo American); Proyectos Toquepala y Candarave (ambos de la Southern Coppen Corporation); entre otros más. La inversión de empresas como Anglo American y Souther Copper Corporation en el sur peruano ha sido tan grande que ambas ya han gestionado diversas faenas en ejecución hoy dispersas por Tacna, Moquegua, Puno y Arequipa. Según el informe especial sobre operaciones de Sourthern Copper Corporation en el sur peruano, elaborado por el Observatorio de las Empresas Transnacionales (OET) en el 2008, la compañía minera sería actualmente la principal gestora del deterioro natural de esta zona, ya que ha ejercido una gran presión sobre los recursos hídricos de las cuencas del Locumba, Moquegua, Sama y Caplina. Esta compañía, además, sería  responsable de la disminución en las napas freáticas de la zona de Titijiones, Huaitire y Gentilar, de la contaminación por metales pesados en la bahía de Ite, además del deterioro de la calidad del aire por la emisión de gases sulfurosos que emite su refinería en Ilo, resultando un grave costo para la salud de los habitantes del vecino país. En el caso específico de Tacna, el conflicto ha tomado tales proporciones que algunos pobladores han denominado a la provincia de Candarave el epicentro de la desertificación, haciéndose en este sector la convivencia con la actividad minera prácticamente imposible.

Como vemos, las trasnacionales, aliadas con los grupos de interés de nuestros respectivos países, han buscado sistemáticamente la forma de dominar el territorio, conforme estos sean lugares prácticos para las actividades extractivas que estos ejercen. Como antaño, la minería, los recursos hídricos, los puertos y el mar siguen siendo factores económicos importantes dentro de las dinámicas productivas, tanto en el presente como en el futuro. No obstante, como hace cien años atrás, los ejes estratégicos para todas estas formas de producción, nunca han sido consultados a la ciudadanía, nunca han sido, ni en Arica ni en Tacna, asimilados dentro de un proceso democrático y participativo, y por consiguiente, las decisiones han seguido tomándose desde Santiago y desde Lima. Ariqueños y tacneños nunca hemos podido decidir el futuro político y económico de nuestras localidades, de nuestros territorios, de nuestra región fronteriza.



III

El conflicto limítrofe marítimo entre Chile y Perú en La Haya hoy ha hecho visible, por lo menos mediáticamente hablando, la realidad de las regiones de Arica y Tacna, ciudades que más allá de las rencillas históricas heredadas desde el tiempo de la guerra del Pacífico, han sabido convivir con hermandad y genuina amistad, pese a todo el acontecer belicoso que, como hoy, tantas veces reaparece en las cabezas de los chovinistas y patriotas de cartón. Sin embargo, la praxis soberana en este territorio, por lo menos en lo que respecta al área marítima, tampoco ha sido ejercida por nosotros en términos de ocupación y pertenencia. Pese a todos los lugares comunes por los que hoy divagan los agitadores patrioteros, lo cierto es que buena parte del área en disputa no pertenece a los chilenos, mucho menos a los ariqueños, sino al grupo Angelini, una de las familias más poderosa de nuestro país. El triángulo marítimo que hoy se disputa representa un treinta por ciento de los negocios de Corpesca, empresa del mismo grupo económico, razón por la cual la familia Angelini ha asesorado a la Cancillería chilena, aportando datos para la defensa de sus millonarios intereses. Ni siquiera los pescadores artesanales del puerto de Arica, quienes probablemente son los reales afectados y los más perjudicados por el conflicto, han sido tan considerados por los gobiernos de turno como lo ha sido el grupo Angelini. Esto demuestra que, más allá de la poesía romántica que se esgrime desde los idearios patrios y nacionalistas, elemento muy enraizado en la mentalidad dominante, la realidad concreta no entiende de diferencias identitarias ni mucho menos de banderas nacionales; solo reconoce el poder del dinero, y obviamente, de quien lo posee. Las relaciones identitarias que se articulan estructuralmente desde arriba, es decir, los nacionalismos oficiales, solo logran impregnar el contenido del bajo pueblo si es que primeramente lo mantiene divido.

Tacna y Arica han sido divididas históricamente por Santiago y Lima, y en este sentido tal división a sido útil a los intereses de la elite, la aristocracia y la burguesía nacional. La sociedad ariqueña compuesta por trabajadores, campesinos, agricultores, migrantes de la altiplanicie, del sur de Chile, del sur peruano, afrodecendientes, familias aymaras, etc., somos un solo pueblo que ha aprendido a convivir mediante el respeto y la solidaridad entre unos y otro. Bajo esta lógica es importante recalcar que los principales enemigos de nuestro pueblo no son los peruanos, ni los bolivianos, ni los santiaguinos, etc., sino todos aquellos que hoy se benefician de las dinámicas de la explotación que ha perpetuado las condiciones de desigualdad en la que hoy se encuentra nuestros compatriotas, nuestros vecinos, nuestro pueblo ariqueño. Los que han perpetuado este modelo de injusticia, tanto en Santiago como en Arica, los que han avalado las lógicas de este modelo capitalista barbárico que nos mantiene en condiciones miserables, los que han legislado y defendido este modelo neoliberal y sus consecuencias (privatización de la salud, de la educación, de la vivienda, de los servicios básicos, saqueo de nuestros recursos naturales, etc.), ellos son los reales enemigos de nuestra gente, ellos son los reales enemigos del pueblo.

Como Colectivo Ayni queremos concluir diciendo que es necesario recuperar, mantener y fortalecer nuestros lazos de hermandad entre ariqueños y tacneños, así como con todos los sectores pertenecientes al mundo popular, al mundo de los dominados, tradición que hoy día se vuelve nuestra real fortaleza ante la vorágine de la explotación irracional que yace latente bajo sombra de este modelo económico imperante. Solo así podremos asumir la construcción de un mejor futuro. Solo así podremos, el día de mañana, recuperar la soberanía que hoy no tenemos (arrebatada durante  la dictadura militar hasta hoy en día), la soberanía de nuestro territorio, de nuestros recursos, de nuestra gente. Cuando Arica se empodere y rompa su posición periférica (pensamiento situado desde la sumisión), el futuro será hermoso para todos nosotros. Cuando Arica y Tacna rompan el cerco comunicacional de los poderosos que hoy bombardean, con mensajes chovinistas, la mente de nuestra gente y se atrevan a recuperar su dignidad, es decir, su amor propio, solo entonces el futuro verdaderamente será de nosotros, del pueblo trabajador.

¡Viva la hermandad entre Chile y Perú! ¡Viva la unidad latinoamericana!
¡Arriba los pueblos de Tacna y Arica! ¡Arriba l@s que luchan!